Pensamientos de @NoloTarin: “Décimas de segundo”

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Esta mañana nos han llamado del instituto para comunicarnos que Sandra lleva dos días sin asistir. Era de prever, desde hace un par de semanas está nerviosa y con escasa motivación. Además el fin de semana ha tenido problemas en su casa. A las 13 horas llega al centro de acogida como si nada. El educador le pregunta por las clases y ella contesta que bien, pero que le han dejado salir un poco antes.  Se le recuerda la importancia de decir la verdad aunque no sea positiva, que no vale la pena romper la confianza porque al final todo se sabe… la adolescente que comienza a ser consciente “de lo evidente” se pone rápidamente a la defensiva. El educador intentando mantener la calma y con cierta asertividad, le plantea que no podrá usar el ordenador, ni pasar la tarde con el resto de sus compañeros. Ya que no ha cumplido una de sus principales responsabilidades. Sandra comienza a subir el tono de voz y sale al pasillo, dice que no le da la gana y que va a utilizarlo. Por suerte el resto de menores no está presente, se han subido a sus habitaciones o a ver la televisión. Sandra ya totalmente alterada insulta al educador y por la fuerza entra en la sala del ordenador. Con todo el griterío ha acudido otra educadora, que intenta mediar, pero que acaba también recibiendo insultos y amenazas. La situación se ha complicado y casi en décimas de segundo los educadores tienen que tomar una decisión…

Si pudiésemos congelar este momento y sentarnos tranquilamente en el despacho para valorar la escena, seguramente veríamos con claridad las posibles opciones. Pero en ese instante resulta tremendamente difícil, la mente se nos “aturrulla” con la tensión, y saber qué hacer parece misión imposible. El criterio educativo se nos escapa y actuamos muchas veces condicionados por las emociones del momento. Nos guía el instinto, la experiencia, la supervivencia… con habilidades o sin ellas acabamos improvisando una decisión, que intentamos llevar a cabo casi siempre con buena voluntad pero solo a veces con acierto.    

En esas décimas de segundo radica una parte fundamental de la grandeza y de la fragilidad de nuestra profesión. Es cuando tendría que activarse todo el entramado pedagógico que configura y estructura nuestra tarea educativa (Evaluación/Diagnóstico, PEI, Técnicas, Método, Relación, etc). Pocas veces lo conseguimos, ocurre todo muy rápido… pero si la situación no nos pilla demasiado desprevenidos, podemos llegar a ralentizarla y ser capaces de identificar algunas posibilidades:

–       Podríamos coger a Sandra y sacarla a la fuerza de la sala del ordenador, haciéndole ver con un gesto físico que existe un límite claro y unas consecuencias a su comportamiento. Consiguiendo así que cambiase su actitud.

–       Pero también podríamos decirle a Sandra que si no nos hace caso y quiere usar el ordenador es un problema suyo. Que lo piense, porque nosotros no vamos a sacarla a la fuerza de la sala. Dejándola un rato sóla, para intentar retomar más tarde la situación cuando haya disminuido la tensión y pueda asumir las consecuencias.

Si nos preguntamos ¿cuál es la opción correcta?. Me atrevería a afirmar que cualquiera de las dos, siempre que respondan a una intención educativa y se realicen conforme a la misma. Ya que lo que da validez a cada una de ellas no es únicamente la resolución del conflicto, sino lo que podemos enseñar al adolescente al hacerlo. Además la interacción entre educador y adolescente cada vez es única y diferente, no se puede establecer un patrón fijo para la intervención educativa. Pero no por ello tiene que quedar la misma a merced del azar o la improvisación. Al menos en ese instante tendrían que emerger tres cuestiones básicas ¿qué está ocurriendo?, ¿cómo estoy yo – qué capacidades tengo? y ¿dónde – con quién estoy?. Porque no es lo mismo que Sandra esté haciendo una llamada de atención, que tenga una rabieta o que me esté desafiando. Que yo esté solo en el centro o acompañado, que esté tranquilo o afectado por la situación, que tenga un vínculo afectivo con Sandra o que aún no haya conectado con ella…          

De esta compleja interacción tendría que surgir el criterio educativo: “qué puedo enseñar yo, en este justo momento, a esta adolescente concreta”.

Nos debieran preocupar aquellas actuaciones que no dejen claro el aprendizaje para la menor, que solo respondan a una reacción emocional o que se queden a “mitad camino”.  Por ejemplo; si intento sacar a Sandra de la sala y acaba empujándome, si ella reacciona con violencia y yo me pongo nervioso, si el espacio físico es peligroso y nos podemos hacer daño. Pero también, si me empeño en que salga de la sala con infinidad de indicaciones ineficaces, o con amenazas que no se cumplirán. Si mi tono de voz y mi lenguaje corporal se violentan y Sandra los interpreta como una ofensa o agresión. Si Sandra percibe que no actuamos porque nos da miedo, o porque no nos importa. Si luego no somos capaces de establecer consecuencias o de retomar la experiencia con ella.

Evidentemente parece casi imposible realizar este ejercicio en tan poco tiempo y sometidos además a una elevada presión. Sólo con el entrenamiento constante de revisar con humildad y rigor pedagógico cada situación que se va produciendo (“a qué intención educativa ha respondido nuestra acción, cómo la hemos realizado y qué hemos conseguido enseñar”). Podemos ir poco a poco acostumbrando nuestra mirada y nuestro “hacer”. Para que cómo el actor que aprende a improvisar, nuestras intervenciones educativas adquieran progresivamente madurez y consistencia profesional.  

@Nolotarin          

Soy Educador Social, Psicopedagogo y eterno estudiante, ahora Psicología. Educador de profesión y vocación, también de convicción. Amante de la montaña y del deporte.

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