Pensamientos de @Nolotarin: “Esto me tenía que pasar a mi”

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La cuestión es que llevábamos días diciendo que teníamos que quedar con Mohamed, había dejado el centro de acogida hacía unos meses, y todo eran noticias de que se estaba echando a perder… Había algo dentro de nosotros que nos hacía sentirnos incómodos, la sensación de tenerlo tan cerca y no estar haciendo nada, de al menos intentarlo. Pues finalmente quedamos en buscarlo. Intentamos contactar a través de un amigo, y lo que son las cosas… nos comentó que Mohamed ya no vivía en Valencia, que se había ido hacía unos días a Villareal y que de allí se marcharía a Barcelona. Pensamos que habíamos llegado tarde… aún así le dijimos que si por casualidad le llamaba (ya que no teníamos su móvil) le diese nuestro número porque queríamos quedar con él. Esa misma tarde a las siete me sonó el teléfono, era Mohamed preguntando qué pasaba, y dicho y hecho nos citamos horas más tarde en el lugar donde ahora vivía (a unos 80 km de donde estábamos). Llegamos en el coche sin mucha certeza de cómo le íbamos a encontrar, incluso con dudas razonables de que no apareciese y el viaje fuese en balde, pero no fue así. Allí nos estaba esperando, recién duchado, afeitado, bien vestido, muy diferente a cómo le habían visto por nuestro barrio o a su aspecto en las fotos del  “Tuenti”. Nos saludó cariñoso, con un abrazo. Dimos varias vueltas para encontrar un lugar en el que sentarnos a charlar y fuimos a parar al sitio perfecto. Estaba comunicativo, un poco nervioso, sin facilidad para hablar el castellano. Poco a poco fue contándonos su intensa vida durante estos últimos meses, triste y estremecedora. Lentamente Iba dando detalles de cómo y con quien había vivido, de cómo había estado robando bicis, abriendo coches, pasando drogas, pegando tirones… No para alardear o contar aventuras, todo lo contrario se le notaba apurado, arrepentido de algunas cosas. Cómo si necesitase contarlo para liberarse (sobre todo del daño hecho a personas, expresaba avergonzado que no se explicaba cómo había sido capaz de arrancar cadenas del cuello a varias personas mayores). Reconocía la relación de todo esto con las drogas, que se ponía “hasta el culo” cada vez que salía a robar, que luego el dinero conseguido no le duraba nada, que se lo fumaba o gastaba en tonterías “el dinero que rápido viene, rápido se va” comentaba.

Decía que llegó un momento en que se vio fatal, que no se reconocía a si mismo, que le entró miedo de que lo metiesen en la cárcel, de que se buscase “la ruina”… y que un amigo suyo marroquí le ofreció marcharse a Castellón a  recoger naranja y no se lo pensó. Dice que había trabajado ya unos días, que le habían hecho papeles, que incluso ya había cobrado algo de dinero.  Estaba viviendo en un apartamento con diez personas más, la mayoría pakistaníes, tenía que pagar por todo (100 euros por la casa, 6 para que le lleven en coche, otros 10 para que le dejen trabajar…),  pero decía que “es lo que hay y dependes de esa gente para poder trabajar”.

Estaba en un momento de “buenas intenciones”, de querer rehacer su vida, reconociendo errores y valorando cosas pasadas. Y la verdad a Mohamed se le veía auténtico en ese intento, evidentemente muy frágil, teniéndose que buscar la vida en condiciones muy precarias, creyendo tener superado más de la cuenta (porque hacía apenas unas semanas de su cambio). Pero al menos convencido y consciente de lo vivido.

Le fuimos preguntando sutilmente, con cierto humor… por sus últimos meses en el centro de acogida, por el gasto de sus ahorros, por la pérdida del trabajo, por su viaje a Marruecos, por cómo se había juntado con la gente del barrio, por el piso en el que había estado viviendo…  Con mucha serenidad fue hablando de todo ello, reconociendo las vivencias que había tenido, sin echar la culpa a nadie, asumiendo sus propios errores. Concluyendo con una afirmación terrible pero puede que cierta “da igual donde hubiese ido, esto me tenía que pasar”.  A su modo puede que nos estuviese diciendo que su compleja historia de vida necesitaba ese “dejarse llevar” para empezar a tener de nuevo algún sentido. Reconocía lo mal que lo había hecho con los educadores y con el centro, pero decía que tal como estaba no podía dar la cara… para qué, para que le viésemos drogado o borracho, sin ducharse, habiendo robado… le avergonzaba y se notaba que hablaba con sinceridad.

Entonces empezamos a darnos cuenta de lo oportuno de nuestro encuentro, igual no habíamos llegado tarde sino en el momento exacto, posiblemente quince días antes no hubiésemos podido cenar con él. Nuestra “buena intención” no hubiese coincidido con su “mal momento”. Notamos que estábamos siendo un refuerzo para él, el cauce a través del cual poder decirse a si mismo las cosas. En aquel momento Intentamos sobre todo escuchar con respeto, alejarnos de emitir ningún tipo de juicio y menos aún de soltarle ningún “rollito” moralizante. Nos ceñimos a expresarle que nos habíamos alegrado un montón de estar con él, le animamos a llamarnos cuando pasase algún tiempo, a ver si volvíamos a quedar y nos contaba como le iba. Le dijimos que se cuidase, que intentase no volver en un tiempo por Valencia… nos despedimos  con un fuerte abrazo. Volviendo en el coche se hizo silencio. No sabíamos si el encuentro a Mohamed le sería de utilidad, la verdad lo tenía demasiado complicado… Pero a nosotros sí nos había servido y mucho, principalmente para comprender mejor la complejidad de su vida y sobre todo para no perder la esperanza en nuestro trabajo.

@Nolotarin

Soy Educador Social, Psicopedagogo y eterno estudiante, ahora Psicología. Educador de profesión y vocación, también de convicción. Amante de la montaña y del deporte.

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