Pensammientos de @Nolotarin: “Entre profecías y discursos moralizantes”

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Creer en las capacidades de cambio de la persona parece imprescindible en el trabajo educativo, pero algunos casos realmente nos hacen difícil asumirlo. En un centro de protección de menores abundan estas situaciones. Por norma general, el “desastre” familiar tiene que ser considerable y con larga historia para que el “sistema” opte por esta medida; que evidencia claramente que otras muchas actuaciones no han dado resultado. En las reuniones de equipo dedicamos gran parte de nuestro tiempo y energías a buscar soluciones, alternativas, caminos nuevos… que puedan modificar esa “inercia desastrosa” que conforme avanza la adolescencia, parece de forma inevitable acompañar a estos menores. Realmente es difícil posicionarse en el trabajo educativo con ellos y orientar las intervenciones hacia un futuro tan incierto y poco alentador. 

 

            En nuestra práctica educativa observo en muchos de estos casos dos posiciones hacia las que nos solemos escorar: La primera consistiría en dejarnos llevar por una especie de predicción profética, el “ya sabemos cómo van a acabar”. Posición que inundará de realismo la intervención, y reconocerá las dificultades para enfrentarla. Pero que a la vez (posiblemente de forma inconsciente), puede llegar a condicionar nuestra mirada sobre el punto de realidad actual. Con el riesgo de limitar las posibilidades de intervención que aún podríamos desarrollar y sobre todo de influir negativamente en el proceso, convirtiendo nuestro pronóstico realmente en profecía “autocumplida”.

            La segunda, resultaría de utilizar en exceso el discurso moralizante, “el deberías o deberíamos hacer esto”. Utilizando un discurso sobre lo que es bueno o conveniente, que posiblemente aumentará nuestra atención e implicación con el caso. Pero que puede plantear intervenciones demasiado alejadas de las vivencias reales del menor, y metas que pueden resultar inalcanzables. La relación del adolescente con su familia, con su sexualidad, con el ocio, con las drogas, etc,  podría distar en exceso de los consejos o valoraciones que continuamente recibiese del educador/a. Minimizándose entonces poco a poco el posible impacto de nuestra intervención.

 

            Tengo la sensación de que entre las profecías y los discursos moralizantes, nos perdemos infinidad de experiencias que pueden servir al adolescente. Y especialmente en estos casos “difíciles” podría resultar interesante poner el acento en las vivencias que van teniendo y desde las que pueden obtener un pequeño aprendizaje útil para el futuro (porque toda su realidad no está a nuestro alcance cambiarla). Me vienen a la cabeza algunos ejemplos de situaciones que hemos vivido y en las que de una u otra forma fluctuamos entre estas posiciones: entre “se quedará embarazada” y “si quedas con desconocidos pareces una …”, entre “acabará robando como su familia” y “si te pones ropa robada eres cómplice”. Puede que olvidando que al quedar con un chico desconocido por internet, o al ponerse una prenda robada, el adolescente está teniendo una experiencia, una vivencia determinada (más o menos satisfactoria). A partir de la cual, aplicando una mirada diferente, seguramente podríamos ayudarle a adquirir algún tipo de aprendizaje.

 

            Tanto negar la posibilidad de que se produzca la experiencia, como condenarla en exceso, puede alejarnos del propósito de nuestra tarea educativa. Esta nueva posición no se puede confundir con un “laissez faire” o un “todo vale”. Todo lo contrario, pretende centrarse en buscar aquello que realmente pueda ser útil para el adolescente, previniéndonos de poder utilizar solo aquello que esté en función de satisfacer o justificar al educador/a.

 

@Nolotarín

Soy Educador Social, Psicopedagogo y eterno estudiante, ahora Psicología. Educador de profesión y vocación, también de convicción. Amante de la montaña y del deporte.

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