Competencia, vocación y compromiso. Pensamiento de @Nolotarin

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Competencia, vocación y compromiso.

 

Hace unos meses tuve que decir unas palabras a un grupo de estudiantes de  Educación social que se graduaban. Como hoy en día todo discurso que exceda al pensamiento sintético de un tweet parece desbordar al público juvenil, intenté ajustarme a esa nueva práctica y este fue el resultado en 140 caracteres: El educador/a social “completo” aparece cuando se consiguen combinar con equilibrio: competencia profesional, vocación y compromiso social.

Intentaré ahora, explicar y matizar desde mi experiencia en los proyectos sociales salesianos, estos tres elementos con un poco más de detalle.

  

       Competencia profesional.

Este trabajo no es solo una cuestión de buena voluntad. Que el educador/a conozca los mecanismos de la relación educativa, que tenga capacidad de ponerla en práctica, que conozca el origen de los problemas a los que se enfrenta, que sepa identificar las necesidades reales de los niños/as y jóvenes con los que va a trabajar, planificar y evaluar su acción socioeducativa, resolver conflictos, dinamizar grupos… son algunas de las competencias que se le requieren. Y dentro de estas competencias profesionales, de ese “saber hacer” del educador/a, hay algunas que destacan por su proximidad con la pedagogía salesiana. Principalmente me refiero a aquellas relacionadas con la animación. El educador/a descubre en ellas, una forma de acercarse y conectar con el niño/a o el joven, un medio para conseguir objetivos educativos; y principalmente una herramienta para generar un ambiente positivo y festivo. Divertirse, reírse, pasárselo bien… no es solo una cuestión de caracteres o formas de ser, es también un estilo educativo, que se puede trabajar y generar. A través del mismo, niños/as y jóvenes se sienten identificados, atraídos, y en cierta medida se sienten reconocidos en lo positivo. La animación suele poner en juego esa parte “sana” de la persona y es desde esta potencialidad desde donde nuestra pedagogía siempre pretende arrancar.

 

       Vocación.

Si la entendemos como “gusto” por la tarea educativa con niños/as y jóvenes, añade un componente personal a la competencia profesional (aunque evidentemente está íntimamente relacionada, si no me gusta lo que hago difícilmente lo haga bien…). Pero si la observamos en un sentido más profundo, más allá del mero gusto (que no es poco…); vocación significa “sentirse llamado”. Es descubrir en la educación la concreción idónea para desarrollar las propias capacidades, el espacio en el que encontrar la parte de realización personal que puede aportar el trabajo. Además la vocación suele acompañarse de una especial sensibilidad por el sujeto de la educación, de una mirada comprensiva y paciente por el niño/a o joven al que acompañamos. Esta sensibilidad educativa es la que permite acercarse a ellos con facilidad, disfrutar de la relación y salir al encuentro. Estaríamos refiriéndonos a la dimensión “ser educador/a”, más allá de las competencias instrumentales antes mencionadas. Aquí estamos hablando de actitudes; de la cercanía afectiva, de la amabilidad en el trato, de la acogida incondicional… que el educador/a pone en práctica porque sabe que dan seguridad al niño/a o al joven, le ayudan a curar heridas, a superar carencias y a descubrir potencialidades.

 

       Compromiso social.

Traducido principalmente en “dar sentido” a mi trabajo. Éste puede suponer únicamente un desarrollo técnico que me aporta ingresos y más o menos satisfacción. O puedo considerarlo además un elemento transformador del mundo que vivimos. Posiblemente ésta sea una significación diferente de la profesión, elegida o convertida en instrumento de transformación social y personal. Si la educación social solo aspira a conseguir la adaptación de los individuos y no a generar cambios en la sociedad, seguramente pierde su autenticidad. Deja de ser fiel a su esencia como profesión del cambio social, que busca la construcción de un mundo más justo y humano para todos. El trabajo directo con el niño/a o el joven, no puede hacernos olvidar las causas que generan sus carencias y la necesidad de también incidir sobre ellas.

En muchas ocasiones, es esta dimensión la que permite con el paso del tiempo seguir enfrentándose con ilusión y optimismo a los problemas. Es la que posibilita tolerancia frente a las limitaciones y “miserias” de las personas con las que trabajamos. Es la que en cambio genera firmeza y postura crítica frente a las instituciones. Es la que al fin y al cabo puede garantizar la permanencia con frescura, en territorios de frontera como los nuestros, en los que hacerse “mayor” no es tarea nada fácil.

 

@nolotarin

*Artículo publicado en la revista “Juan Soñador”

Soy Educador Social, Psicopedagogo y eterno estudiante, ahora Psicología. Educador de profesión y vocación, también de convicción. Amante de la montaña y del deporte.

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