Cuando se te revuelven las tripas. Pensamiento @NoloTarin

Últimamente he vivido dos situaciones, que a pesar de los años de experiencia que ya voy acumulando, me está costando digerir.

El trabajo con adolescentes siempre te está retando con nuevas situaciones que no te esperabas. Los conflictos sabemos que forman parte del cotidiano de la intervención, pero casi siempre cuestan, para qué engañarnos. Es cierto que cuando los afrontamos con una mirada reflexiva sabemos que ayudan a crecer, los reconocemos como parte esencial del proceso educativo y llegamos incluso a ser capaces de positivizar su aparición. Eso sí, cuando surgen expresados como agresividad o violencia se hacen difíciles de gestionar. Emocionalmente nos suelen afectar más, bien porque sentimos impotencia, miedo, desprotección, o a veces también porque generan rabia y la propia agresividad en nosotros. Poco a poco vamos mejorando en esta gestión emocional, los equipos que maduran se van atreviendo a compartir no sólo lo que hacen sino también lo que sienten. La supervisión externa, aunque por desgracia aún escasa, va animándonos en esta dirección.

Otra dimensión que nos cuesta más de lo que creemos y de lo que la gente piensa, es cuando se apodera del adolescente la desmotivación y la dificultad para valorar lo que le ofrecemos. Llevado al extremo puede llegar a convertirse en el desprecio o incluso negación de los vínculos creados. Aparecen las casi malditas palabras “fracaso” y “oportunidad perdida”. Éstas impactan en una dimensión más profunda que la puramente emocional, porque pueden afectar a nuestras motivaciones, a los resortes que nos mueven a creer que este trabajo vale la pena, que mis esfuerzos no caen en “saco roto”. El pesimismo y la falta de esperanza pueden invadirnos sin darnos casi cuenta y contagiar inevitablemente nuestra vida personal. Pero de esa oscuridad también hemos aprendido a rehacernos. Una mirada más comprensiva sobre el proceso vital de la persona, nos hace más respetuosos con su tiempo, que no tiene porque coincidir con el nuestro. Una evaluación rigurosa, nos ayuda a identificar los aspectos que están al alcance de nuestra intervención y aquellos que dependen de factores externos. También con el paso de los años, vamos siendo más conscientes de que existen las segundas oportunidades y que en éstas muchas veces se rescatan parte de los aprendizajes que pensábamos perdidos. El cuidado personal, la higiene mental, la formación, el reciclaje profesional y un buen trabajo en equipo, resultan remedios bastante eficaces.

Nadie dijo que este trabajo iba a ser fácil, para eso nos preparamos y formamos, como otros muchos profesionales que atienden a personas.

Pero aún así, a veces te enfrentas a situaciones a las que no consigues acostumbrarte y para las que casi nunca te sientes suficientemente preparado. Son esas que te quitan el sueño y te revuelven las tripas, una de éstas son los abusos.

Hace poco un adolescente me contaba cómo le había ocurrido, lo hacía con culpabilidad y vergüenza, intentando restarle importancia. Negando un daño del que parecía no sentirse ni digno de recibir. Tú preferirías no escuchar, no comprendes cómo puede seguir ocurriendo, te preguntas por qué hay personas que pueden aprovecharse de esa manera, por qué no somos capaces de proteger y de evitarlo.

Te resistes a pensar que sea cierto, tienes la tentación de justificarlo o de simplemente olvidarlo, pero eres consciente de que no puedes hacerlo y vas a tener que actuar. Entonces te sobrecoge el impacto que tendrá hacerlo público y las consecuencias de iniciar un proceso judicial. En el entorno y en ti mismo percibes los tópicos culturales sobre el tema, que exageran o normalizan en exceso, pero casi siempre impregnados de moralismos y de estereotipos sexuales o de género. Por último eres consciente de la profunda huella que dejará en la persona del adolescente, te empequeñece la dificultad de sostener y acompañar una vivencia así.

Luego viene otra parte casi peor, deriva de cómo se siguen tratando estos temas en nuestro entorno, no sé si por falta de medios, de voluntad o de sensibilidad. Cómo es posible que sea tan difícil hacer una declaración con intimidad?, atendidos por un profesional con formación específica en el tema?, sin tener que contar lo mismo tres o cuatro veces? y sin que parezca una cuestión de carácter personal?. Una lógica judicial difícil de entender, que sigue su propio ritmo y que rápidamente va alejándose de las vivencias de las personas.

Le dices al adolescente que hay que ser valiente, cuando tú tiemblas y preferirías huir. No sientes miedo, pero te agobia mucho pensar que afrontar lo ocurrido vaya a servir para algo. Sabes además, que esa misma duda es la que martillea y angustia al adolescente que intentas acompañar. Esos días cuesta y mucho seguir adelante, cuesta mostrarse alegre, solo puedes agarrarte a pensar que estás haciendo lo correcto, suspirando porque el adolescente pueda superarlo y crecer desde la experiencia.

Finalmente resistes y te rehaces, porque no te queda otra salida, porque honestamente has elegido estar aquí. Pero sobre todo resistes porque tienes una convicción, una especie de fe ciega en las personas, que al final es más fuerte que los problemas y las intensas emociones que nos puedan generar.

Nolo Tarín

Febrero 2019

Educador social habilitado por el COEESCV, diplomado en Trabajo social, licenciado en Sociología y Doctor en Pedagogía. Director del centro de acogida de menores “Casa Don Bosco” de la Fundación Angel Tomás y profesor de Educación social en la Universidad católica de Valencia.

Un comentario en “Cuando se te revuelven las tripas. Pensamiento @NoloTarin

  • Gracias por compartir esta experiencia que tantas personas viven, cuantos más lo leamos más nos concienciamos. El género es algo difícil de hacer sentir… No me puedo imaginar las penurias de pasar por un juicio por algo así. Desde aquí mucho animo a tu alumn@, a su entorno y a que al final, enseñar y aprender no es lo mismo, para lo segundo hay que querer ver.

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