Pensamiento de @NoloTarin: Cuando nos fallan las fuerzas

El otro día entró un compañero en el despacho y me dijo que necesitaba decirme algo. Nos pusimos a hablar y me comentó que se sentía mal, que llevaba una temporada que no estaba animado, que se notaba inseguro, que le angustiaban los cambios e incertidumbres en el equipo. A esto se le unía cierta insatisfacción por no sentirse suficientemente valorado y reconocido en el trabajo que estaba realizando. El ejercicio de sinceridad al que se atrevió, también le llevó a expresar algunas dificultades surgidas en el ámbito personal, en la familia y en la pareja. Un cúmulo de circunstancias que le producían una sensación de bloqueo, de falta de energía para enfrentarse al día a día de nuestro exigente trabajo como educadores.

Aparentemente podríamos decir que son los síntomas claros del típico síndrome del “burnout”, los efectos del estrés, la presión y el continuo contacto con situaciones difíciles. Y rápidamente concluiriamos con el también tópico “hay que cuidar al cuidador”.

Pero conociendo a mi compañero no se trataba exactamente de esto, él no estaba “quemado”, le encanta su trabajo y disfruta haciéndolo. Simplemente en este momento le fallaban las fuerzas, porque la vida es complicada y a veces se nos hace cuesta arriba. No tendría por qué ser un problema, es algo natural, excepto si pensamos que para trabajar de educador hay que estar siempre “fuerte” emocionalmente, entonces se podría generar un interesante debate: ¿puedo trabajar con el desánimo de otros si yo mismo lo estoy sufriendo?¿puede permitirse un profesional que trabaja con personas, bajar el ritmo y rendir menos debido a su estado emocional?¿ Es ético mostrar en nuestra labor profesional una parte de nuestra esfera personal?

Últimamente la psicología positiva nos ha aportado muchos beneficios, pero también nos ha sometido a una enorme presión, la de no poder fallar, la de la obligación moral de tener siempre que superar las dificultades y afrontarlas con optimismo. Desde este parámetro el educador tiene que ser resolutivo, asertivo, dinámico, entusiasta y un largo etcétera de atributos positivos, que evidentemente son muy beneficiosos para las personas y servicios en los que trabajamos, pero que también pueden asfixiar al profesional cuando las cosas personalmente no le vayan bien. Porque a la vez existe un estigma social sobre la inestabilidad emocional o la falta de ánimo, considerándose una “debilidad”, cuando sencillamente forman parte de nuestra naturaleza humana y solo acaban siendo un problema si se instalan de forma permanente en nuestra vida.

Podríamos pensar que claro que es legítimo estar así, pero que para garantizar una adecuada atención en los servicios debiéramos buscar alguna solución: coger un descanso, pedir una baja o solicitar un cambio de puesto de trabajo. Posiblemente fuese lo más sensato si el “bajón” fuese muy pronunciado o si es sostenido en el tiempo. Pero y si se tratase de algo puntual, de algo que en cierta medida nos ocurre a todos, aunque nos resistamos a reconocerlo y menos aún a hacerlo público. ¿Qué haríamos entonces? porque mientras escuchaba a mi compañero me estaba viendo yo mismo retratado, pero haciendo unos esfuerzos tremendos por aparentar una vida profesional ejemplar. Porque soy el primero que he acuñado más de una vez aquel terrible lema de “este trabajo requiere que siempre estés al 100%”. Ahora me pregunto, ¿es saludable vivir así? ¿es necesaria esta disociación de vivir cada día una doble vida?, la de un estado emocional equilibrado y positivo cuando me pongo el uniforme del trabajo y la del realismo de mi inestabilidad emocional cuando regreso a mi esfera personal.

La respuesta a este complejo dilema me vino una vez más de la mano de uno de los adolescentes más observadores de nuestro recurso, que días atrás le había dicho a mi compañero “ a ti te pasa como a mi ¿verdad? que te cuesta sacar las cosas”.

Trabajamos con frecuencia con personas con dificultades para expresar emociones, para identificar sentimientos, con duelos mal elaborados, con autoestimas dañadas, afectividades inestables y escasa motivación. Y pensamos que para ayudarles necesitamos de referentes educativos que muestren seguridad y solvencia personal en todos estos aspectos. Pero no siempre es así, en ocasiones que el sujeto de la educación perciba que el educador también se encuentra ante dificultades y que éstas le afectan, le predispone positivamente para dejarse acompañar e intentar afrontarlas. La figura educativa adquiere entonces para el educando proximidad, se humaniza en cierta medida compartiendo la fragilidad. Y aunque pueda parecernos lo contrario, la capacidad de incidencia de ese educador en el proceso educativo puede aumentar. Las personas necesitamos en ocasiones, que nuestros referentes, nuestros acompañantes no parezcan seres inalcanzables, porque entonces lo que nos proponen pierde credibilidad.

Por otro lado, tomar conciencia de esta situación también hace que el educador se acerque, ayudándole a empatizar y comprender mucho mejor cómo se sienten las personas con las que trabajamos. Porque para muchas de ellas, lo que para el profesional es un estado de ánimo puntual se convierte en el cotidiano de su existencia, en prácticamente un desánimo vital; y éste es muy difícil de sobrellevar. Si no somos conscientes de ello, con frecuencia incidimos “machacando” con exigencias y moralizaciones positivistas que difícilmente a nosotros mismos nos aplicaríamos. Fácilmente realizamos valoraciones negativas cuando evaluamos los objetivos de la intervención, responsabilizando a la persona de su incumplimiento. En cambio podríamos mirarnos en el espejo y dejar de lado esa superioridad profesional, tomando mayor conciencia de lo difícil que puede ser para ella abordarlos y enfrentarse a los cambios que le proponemos.

Concluyendo me atrevería a proponer, por qué no arriesgarnos y perder el miedo, atreviéndonos a mostrarnos con mucha más naturalidad en nuestra intervención educativa, reconociendo regularmente los malos momentos por los que también pasamos. La propia fragilidad, en la medida que la mostramos y la expresamos, se puede convertir paradójicamente en una nueva oportunidad educativa, en un elemento muy positivo para el cambio y el crecimiento personal. Quizás también pueda convertirse en una buena práctica para prevenir algunas de las bajas que el “burnout” de forma inexorable acaba siempre produciendo.

NoloTarín, febrero de 2020

Educador social habilitado por el COEESCV, diplomado en Trabajo social, licenciado en Sociología y Doctor en Pedagogía. Director del centro de acogida de menores “Casa Don Bosco” de la Fundación Angel Tomás y profesor de Educación social en la Universidad católica de Valencia.

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