Cuando se prohiben los abrazos. [Pensamiento de @NoloTarin]

Estos días muchos educadores y educadoras sociales siguen trabajando en innumerables recursos residenciales que acogen a niños, niñas y adolescentes. Su trabajo se ha vuelto mucho más intenso de lo que ya era. El confinamiento ha fulminado los momentos de despacho o de reunión y la atención directa ha ocupado todo el turno de una jornada que en muchos casos ha sido ampliada. Estos profesionales forman parte de ese grupo de trabajadores esenciales a los que les toca cada día contener unos segundos la respiración e intentar disipar la intranquilidad que genera dejar la seguridad del propio hogar y enfrentarse al contacto social. Curiosamente esas relaciones sociales que hace bien poco constituían el gran aliciente de este tipo de entornos laborales, de pronto emergen como una amenaza que se preferiría evitar. Resulta difícil no llegar a trabajar con cierta tensión interna. Además encontrarse de primeras con nuevas instrucciones, guantes y geles hidroalcohólicos, aceleran la inquietud.

Pero rápidamente el educador descubre que no va a poder estar totalmente protegido, la distancia de seguridad se acorta tan sólo con verse rodeado de niños dándole los buenos días. Ayudar a vestirse, asearse, ordenar la habitación, preparar el desayuno, hacer los deberes, un rato de juegos, otro de taller, algo de deporte… demasiadas acciones en poco tiempo y todas ellas invitando al contacto. Aún así se sobrepone de este primer envite y busca otras formas de relación y comunicación, menos física, más verbal y simbólica. Pero no es fácil, justamente ese es uno de los déficits en la socialización de muchos de estos niños, carencias afectivas y falta de estimulación acompañaron con frecuencia sus primeras infancias.

Durante un tiempo piensa que es posible, pero de nuevo la realidad se impone: dos se pelean y hay que separarles, uno rompe a llorar y necesita de forma urgente un abrazo, otro tiene una rabieta y pierde el control, hay que contenerle. En pocos minutos ha desaparecido la distancia que le daba seguridad, ahora toca hablar, reflexionar, retomar con el niño o el adolescente, y recurrir a la mascarilla no parece un elemento facilitador. Su principal herramienta de trabajo es la relación, su soporte es muchas veces el grupo y justo estas dos dimensiones son las que se recomienda minimizar.

Entonces el educador reacciona y toma conciencia de lo dramático de la situación. Se da cuenta que su propia salud no es el problema, ni tan siquiera la mayor dificultad que conlleva estos días su trabajo, Lo realmente preocupante es la situación por la que están pasando estos niños y adolescentes, y las apremiantes necesidades que les surgen.

Los problemas de conducta, la falta de autoestima, la ausencia de motivación, la tendencia al aislamiento social, el apego dañado, son difíciles de recuperar sin afecto y sin contacto social. Requieren de un entorno comunitario en el que relacionarse y expandirse, también de una relación educativa efectiva y afectiva de sus actuales cuidadores. Para estos niños el aula taller de la escuela, las actividades deportivas y de ocio educativo, el gesto afectivo de su educador o las visitas con la familia, no entran en la categoría de actividades complementarias. Sino que más bien tienen un carácter terapéutico, vital y recuperador para su frágil existencia. De pronto, sin apenas entenderlo, se ven privados de todas ellas y la gestión emocional de esta vivencia supone un reto exigente para quienes la intentan acompañar. A pesar de los cuidados que les ofrecen y de los esfuerzos por alegrarles cada día, en el fondo de manera más o menos consciente, se sienten de nuevo abandonados, alejados de aquello que les hace sentirse como los demás. Aunque se prohiban los abrazos, la excepción a la norma parece la opción más razonable y con menos riesgos para muchos casos.

Una vez más estos niños, niñas y adolescentes se convierten en uno de los eslabones más frágiles de nuestra sociedad. De nuevo casi invisibles, porque no enferman, porque no protestan, apenas molestan… en definitiva poco tenidos en cuenta. De ellos solo hablarán los medios de comunicación si se produce un conflicto o un contagio masivo, solidariamente ocurrirá casi lo mismo con los educadores y educadoras sociales que les acompañan.

Eso sí, acabará el turno de trabajo y para estos profesionales habrá desaparecido toda la tensión y la inquietud con la que llegaban, Solo quedará en ellos la satisfacción del trabajo realizado y la convicción de darlo todo por estos niños. Con toda certeza regresarán a su hogar cansados, pero llenos de humanidad y de esperanza. Y en los tiempos que corren ese es el mejor reconocimiento que se puede obtener.

Educador social habilitado por el COEESCV, diplomado en Trabajo social, licenciado en Sociología y Doctor en Pedagogía. Director del centro de acogida de menores “Casa Don Bosco” de la Fundación Angel Tomás y profesor de Educación social en la Universidad católica de Valencia.

3 comentarios en “Cuando se prohiben los abrazos. [Pensamiento de @NoloTarin]

  • Que gran labor Nolo!! muchísimas gracias por vuestro trabajo.
    El texto me ha encantado, me lo ha pasado mi madre, le ha gustado muchísimo.
    Un beso y toda la fuerza en estos tiempos para ti y todas esas personas a las que ayudas.

  • Felicidades y gracias. No soy educador social, pero trabajo desde hace muchos años en un centro de protección de menores y me he sentido identificado con cada frase de tu artículo. Ánimo y saludos desde la Psicología compañero.

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