Con pies de barro. [Pensamiento de @NoloTarin]

Hace ya unos meses una compañera me comentó que se había desvelado
pensando en uno de los niños del centro de protección. Era su cumpleaños y le
venía a la cabeza como llevaría ese día su padre. Se trataba de un caso en el que
hubo una retirada forzosa, una tutela de esas que no permiten el contacto familiar,
supuestamente en beneficio del niño. Aparecieron los técnicos de consellería en el
centro escolar, se lo llevaron y después se lo notificaron al padre, que ya no sabría
si le volvería a ver. Sin despedida, sin previo aviso, posiblemente una de las
situaciones más duras que afronta cualquier sistema de protección, pero que en
ocasiones supone la mejor opción para que se haga efectiva la medida y evitar
escenarios de mayor violencia o riesgo.
La educadora aunque comprendía perfectamente la necesidad de protección,
se había parado a pensar en la vivencia del padre, consciente de que aunque
estaba vulnerando derechos fundamentales del niño, a su manera también le ofrecía
afecto y le quería. Este ejercicio de empatía hacia la otra parte, acababa de
desestabilizarla, la había colocado ante unas preguntas de difícil respuesta, ¿era
justa la medida?¿habría sido arbitraria?¿sería el padre realmente consciente de su
comportamiento?¿estaríamos salvando una vida a costa de hundir otra?.
Esa misma semana recibí la invitación para participar en una investigación de
la universidad sobre los indicadores que se utilizan para declarar el riesgo y el
desamparo. Su objetivo era mejorar y afinar los procedimientos para detectar y
afrontar situaciones de desprotección. Evidenciando precisamente la disparidad de
criterios e incluso la falta de rigor técnico para tomar decisiones tan complejas y la
necesidad de disponer de un instrumento estandarizado para hacerlo.
Como no creo en las casualidades, me puse a pensar en el tema, volví a
leerme el informe social que justificaba la medida de protección de aquel caso.
También el registro de admisión en el que se recogen tanto las informaciones
derivadas de contactos previos con los profesionales implicados, como el estado
físico y emocional tras la llegada del niño al centro. Tengo que reconocer que
después no fui capaz de darle a mi compañera una respuesta convincente que
pudiese disipar sus dudas. Para mis adentros se mezclaba el deseo de alejarse de
aquel padre supuestamente desequilibrado y violento, con la inquietud que me
generaba haberme acercado un poquito a la complejidad y el sufrimiento que
acompañaban su vida.
Con el paso de los años, conforme vas adquiriendo experiencia va
aumentando tu seguridad para afrontar todo tipo de situaciones. En cambio en este
aspecto me ocurre lo contrario, cada vez soy más consciente de la disparidad de
criterios y umbrales de exigencia para tomar muchas medidas de protección. Y
estas diferencias me generan inseguridad, me hacen sentir que caminamos “con
pies de barro”, que el mismo caso en otro contexto o con otros profesionales,
incluso con otros recursos, hubiese recibido diferente respuesta. Tengo claro que
todos los casos que nos llegan son situaciones de desprotección y benefician
finalmente al niño, pero no por ello deja de resultarme inquietante. De primeras, esta

circunstancia al menos debiera hacernos a los profesionales más humildes y
respetuosos cuando tratamos con las familias y valoramos sus situaciones, siendo
conscientes de que el sistema ha actuado justo con ellos y no con otros casos
similares.
Sabemos que el niño sufre cuando no le trata bien su familia, pero también
sabemos que sufre quizás aún más por no tenerla. La fidelidad a la misma suele
estar por encima de negligencias y desatenciones, pero a los profesionales nos
cuesta mucho comprenderlo. De hecho con frecuencia juzgamos y valoramos estas
carencias, sin darnos cuenta de que algunos vínculos solo entienden de aceptación
incondicional. Aunque parezca contradictorio, en ocasiones proteger al niño puede
que suponga atender y acompañar a quien generó su desprotección. Pero esto no
es fácil de digerir, solo podemos hacerlo desde el respeto máximo a la fragilidad
humana y con un ejercicio de empatía muy profunda, de esa que no surge
espontáneamente y hay que entrenarla. Además no podemos olvidar que el niño
siempre va a necesitar a su padre o a su madre, aunque evidentemente no vaya a
poder estar con ellos. Esta imposibilidad no va a hacer desaparecer la necesidad,
por lo tanto habría que tenerla más en cuenta. Acercarse a quien no ha sabido o no
ha podido, incluso no ha querido cuidar, puede convertirse en un nuevo reto para el
profesional que vela por el bienestar y la protección del niño. Porque ya sabemos
que el niño siempre vivirá esa contradicción interna y para crecer tendrá que
reconciliarse con ella, quien le acompaña tiene la obligación de respetarla y en la
medida de lo posible rescatarla de forma positiva.
Pero de pronto llegó la pandemia y el confinamiento, y se disiparon estas
preocupaciones. Otras urgencias ocuparon nuestras vidas, aunque seguramente no
le ocurriese lo mismo a aquel padre. Ahora, unos meses después, de nuevo otra
“casualidad” ha reabierto mi reflexión, bienvenida sea.

Noviembre 2020
Nolo Tarín

Soy Educador Social, Psicopedagogo y eterno estudiante, ahora Psicología. Educador de profesión y vocación, también de convicción. Amante de la montaña y del deporte.

2 comentarios en “Con pies de barro. [Pensamiento de @NoloTarin]

  • Buenos días! Soy Jeni, me ha encantado tu relato, me ha transportado al otro lado de la historia, a la del educador que parece que siempre hace las cosas mal… Yo con 13 viví una situación parecida a la del niño de la historia y ha sido muy reconfortante ver vuestra empatía, hace ya más de 10 años que os tengo en alta estima, sois salvadores de vidas truncadas, no dejéis que nadie os infravalore, de verdad que no. Los médicos salvan vidas pero vosotros las reconstruis.
    Mucho ánimo, vuestros niños cuando sean mayores se acordarán de esas horas de más que siempre le dedicasteis a pesar de que ya se había acabado vuestro turno y esto no tiene precio.

    Un gran abrazo,

    Jeni

  • Muchas gracias por poner por escrito esta reflexión, algo que parece fácil de escribir pero es tan complejo de comprender y trabajar con ello. Ojalá, el sistema entendiese de la importancia de la prevención, ojalá nuestro trabajo tenga la capacidad de evolucionar y que el «sistema» nos lo permita, para ello deberemos empezar por respetar nuestra profesión y ejercer nuestros derechos para poder ejercer de los que protegemos.

    Gracias Jeni por tus palabras, siendo educadora se agradece leer esas palabras aunque seguro que piensas en alguien cuando das las gracias. Muchas veces no vemos resultados a corto plazo.

    Un saludo

    Buen día!!!

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