REMEMBER. [Pensamiento de @NoloTarin]

La vida está llena de sorpresas, muchas son inesperadas y algunas suponen un
regalo. Esta semana me encontré con una de ellas y creo que merece la pena compartirla.
Hace semanas un antiguo compañero de trabajo tuvo un encuentro fortuito con el vecino de
una familia a la que hacía el seguimiento por un acogimiento familiar. Aquel hombre que
rondaba los cuarenta años y tenía dos hijos, se había interesado por el acogimiento de sus
vecinos y más aún por la figura del profesional que les acompañaba en aquellas visitas. Les
preguntó si se trataba de un educador, porque él de pequeño había conocido uno del que
tenía muy buenos recuerdos. La conversación fue pasando de un tema a otro hasta que se
produjo una increíble conexión, apareció el nombre de su antiguo educador y justamente
aquel profesional le conocía. En la siguiente visita, el vecino que se llamaba Jose, le estaba
esperando impaciente, le propuso una fecha y un lugar para encontrarnos de nuevo más de
veinticinco años después.

Me llegó la invitación y con cierto escepticismo acudí el sábado a almorzar al bar del
polígono. Cuál fue mi sorpresa al llegar, allí no solo estaba Jose con su mujer e hijos, sino
también el Pollo, el Coni, el Loti, el Fonsi, el Tabo, el Ruso y el Jorgito. De primeras me
costó reconocerlos y acordarme de sus nombres, cuando les conocí tenían catorce años y
ahora todos pasaban de los cuarenta. No me dio mucho tiempo a reaccionar pues
rápidamente se lanzaron a darme abrazos y vítores de alegría. Conforme pasaban de un
achuchón a otro les iba reconociendo y me iban invadiendo los recuerdos.

En aquella época yo tendría unos 23 años, había empezado a trabajar de educador
en un centro de día de un barrio de Valencia. Recibí el difícil encargo de realizar un
programa de prevención de drogas a través del tiempo libre, con un grupo de adolescentes
que no encajaban en ningún tipo de recurso. Casi todos habían abandonado la escolaridad
obligatoria, pasaban gran parte del día en la calle, fumaban muchos porros y los fines de
semana iban de discoteca en discoteca a base de pastillas y speed. Recuerdo que les
citaba en el centro y casi nunca venían, cogía entonces mi bici y me acercaba al parque por
donde se movían. Al principio se burlaban de mí, luego me ignoraban o incluso me
desafiaban, pero poco a poco se fue estableciendo un pequeño vínculo que permitió crear
un grupo de tiempo libre, con el que comenzar a salir del barrio, venir al centro y realizar
innumerables excursiones y acampadas. Con ellos reconozco que aprendí mucho de lo que
hoy sé como educador. Pero no fue nada fácil, muchas veces me sentí solo, sin apoyo
institucional, también pasé algo de miedo y tuve mucha inseguridad, yo no estaba
acostumbrado a las drogas y la delincuencia que en aquel barrio abundaban. Pero la
constancia y la permanencia fueron mis mejores aliadas y al final aquellos adolescentes con
apenas referentes familiares y absoluto fracaso escolar, encontraron un motivo para
moverse y abrirse. Fueron varios años muy intensos, luego crecieron y dejaron el proyecto,
progresivamente fui perdiendo el contacto y cuando cambié de trabajo ya no supe más de
ellos.

Ahora los tenía allí delante, ya entrados en años, mucho más próximos a mi que por
aquel entonces y lo mejor es que se les veía fenomenal. Todos estaban trabajando, casi
todos con familia, mantenían su amistad y la cercanía con el barrio pero habían sabido salir
de allí. Comenzamos a recordar anécdotas y aventuras vividas, hablamos también de los
que no les había ido tan bien, con respeto y cariño me contaron de uno que estaba en la cárcel,                                                           de otro que era toxicómano, de aquel que tenía problemas de salud mental, pero la
mayoría del grupo seguía adelante de forma bastante saludable.
Durante el almuerzo, Jose el promotor del encuentro, tomó la palabra y con cierto
humor recordó lo “capullo” que él había sido en aquella época y en general muchas
conductas de riesgo que habían caracterizado a aquel grupo. La conversación fue a más,
de alguna manera querían reconocer y agradecer el bien que les había hecho aquel recurso
social y los educadores que nos habíamos cruzado en su camino, necesitaban hacerlo.

Fueron expresando cómo gracias a aquellas actividades y sobre todo a través de aquellas
relaciones, habían descubierto conforme se habían ido haciendo mayores, una manera
mejor de ubicarse y relacionarse con el mundo. Reconozco que me emocioné y se me
humedecieron los ojos cuando comenzaron a hablar de sus hijos y de los valores que
querían transmitirles, haciendo referencia a aquellos que ellos mismos habían recibido
cuando eran adolescentes. Tanto tiempo después la vida nos estaba situando en este
bonito escenario, era sorprendente, allí estábamos como si no hubiesen pasado los años,
nos sentíamos cerca y conectados. Seguramente nos seguía uniendo la fuerza del vínculo
educativo, más poderosa y resistente de lo que podamos imaginar.

Sin apenas darnos cuenta tocaba despedirnos, habían pasado ya tres horas desde
que llegamos al bar. De nuevo abrazos y propuesta de volvernos a ver en primavera, pero
esta vez de excursión a alguno de los parajes que exploramos tiempo atrás y a los que ellos
ya de mayores habían vuelto muchas veces. De regreso a casa me invadió un sentimiento
de profunda esperanza, pensé que nuestro trabajo SÍ que vale la pena, que su impacto es
tremendo en la vida de muchas personas, aunque no lo veamos y posiblemente haga falta
un largo tiempo para que emerja. Además la intervención educativa tiene con frecuencia un
efecto multiplicador, no solo beneficia a la persona que tenemos delante, sino también a su
entorno, a su familia y por lo tanto se extiende en el tiempo y el espacio. Hoy más que
nunca me siento orgulloso de este trabajo, de ser educador. Además pienso en la
cantidad de personas que nos están esperando, con las que podamos crear un vínculo
educativo que impacte en su vida y que pueda transformar mucho más allá de lo que
podamos soñar. Tenemos la responsabilidad de hacer posible este milagro de la educación.
Muchas gracias Jose por habernos hecho este maravilloso regalo.
@Nolotarin
Noviembre 2021

Soy Educador Social, Psicopedagogo y eterno estudiante, ahora Psicología. Educador de profesión y vocación, también de convicción. Amante de la montaña y del deporte.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *