Salir del paso. [Pensamiento @NoloTarin]

Alan es un adolescente de 14 años tutelado por la administración desde que era pequeño. Ha vivido con varias familias de acogida y desde hace dos años reside en un centro de protección.

Alan siempre ha llevado muy mal no poder vivir con su madre, en cierta medida se siente traicionado por ella y por lo tanto le cuesta mucho relacionarse de forma no utilitarista con los referentes adultos. Aún así en muchas ocasiones se muestra afectivo y comunica sus vivencias, es capaz de disfrutar de las propuestas educativas del recurso, pero de fondo muestra una resistencia a vincularse. Se siente atraído por conductas de riesgo y en muchos momentos se deja llevar hacia ellas.

Hace unas semanas salió a dar una vuelta con los amigos del instituto y ya no regresó al centro. Se siguió el protocolo habitual en estos casos, contactar con la familia por si estaba con ellos, comunicar al órgano competente de la administración y poner la denuncia de desaparición ante la policía.

A los pocos días se recibe una llamada para acudir a recogerle en una comisaría cercana, le habían interceptado mientras en compañía de otros adolescentes estaba haciendo graffitis en el metro. Se habla con él, se razona sobre lo ocurrido, se le sanciona según la normativa interna y pronto regresa a sus rutinas habituales. Pasada una semana se repite el episodio, esta vez tras la negativa a su petición de salir con los amigos el fin de semana, se marcha del centro sin permiso y ya no regresa hasta varios días después. Así comenzó una larga lista de “fugas” y también el proceso de abandono personal de Alan, que aumentó exponencialmente la situación de riesgo en la que ya se encontraba.

El equipo educativo al que se había encargado su cuidado, evidentemente se ve afectado por esta situación. De primeras proyecta sobre el adolescente el criterio de la responsabilización “Alan es el responsable de sus conductas y cuando regresa tiene que recibir una respuesta proporcional a sus actos”. Pero también el equipo siente cierta frustración y se cuestiona cómo se ha actuado y si se podría haber realizado otra intervención más eficaz, se pregunta si se podía haber evitado este desenlace. Se buscan explicaciones o quizás justificaciones del por qué Alan ha decido marcharse, también se producen diferencias según el grado de implicación y de relación con él. Hay quien se siente mal, se preocupa y hay quien le quita importancia y normaliza la situación. Finalmente se confía en que las fuerzas de seguridad lo traigan de nuevo al centro y de alguna manera retomar la intervención. En otras ocasiones el caso se da por perdido y en lo que se confía es en la asignación de un nuevo encargo.

Esta situación se repite con excesiva frecuencia en los centros de la red de protección a la infancia, pero también en muchos recursos que atienden a adolescentes en riesgo. Hace poco leí que para referirnos a estas situaciones podría ser mejor hablar de “interrupciones voluntarias de la relación de ayuda” que utilizar el término ”fuga” o “abandono”. Y tiene su razón de ser, porque muchas veces para el adolescente puede tener sentido marcharse, esta decisión responde a una necesidad de dar significado a la situación que está viviendo y que no consigue integrar. La “interrupción” también nos puede indicar que nuestra intervención no se corresponde con sus necesidades y momento vital. Aspecto muy relevante e interesante, ya que muchas veces nos cuesta entender que el adolescente se vaya o deje de venir, nos centramos en reflexionar en el ¿por qué? y dejamos de lado el ¿para qué?, pregunta que seguramente nos aporte información más útil sobre lo que se está viviendo por dentro. Desde la misma podemos empatizar mejor y llegar a validar algunas conductas.

Entender la “fuga o el abandono” como interrupción temporal del proceso abre también un nuevo espacio para el equipo educativo. El tiempo de interrupción puede emerger como oportunidad para re-pensar el caso, para revisar la intervención desde las vivencias subjetivas del adolescente. Además desde la distancia podemos re-interpretar los acontecimientos con más calma, sin sentirnos tan responsables o defraudados. Hablaríamos de un tiempo de espera activa, que en algunos casos incluso podría llevarnos a buscarle, salirle al paso e intentar provocar el encuentro fuera de la seguridad de nuestro recurso.

Así ocurrió con Alan, en una de sus “interrupciones” se le había visto en una zona cercana a su instituto. Una tarde dos educadoras del centro decidieron salir a buscarle, tras varias vueltas por la zona se toparon con él en un oscuro parque. La situación era incómoda, Alan no sabia que hacer, dudaba entre echar a correr o hacer cómo que no les conocía, estaba en compañía de sus “colegas” y con ellos había alardeado de haberse “fugado” del centro. Pero tampoco las educadoras tenían clara su actuación, confrontarlo en grupo no parecía una buena idea. Tenerlo allí delante y no llevárselo a la fuerza o llamando a la policía parecía también una oportunidad perdida. Tuvieron que presentarse al grupo, que andaba algo desinhibido y chistoso, aquí ya no valía lo de “está prohibido fumar”. En su recurso el educador no necesita dar explicación de ¿quién es? ni ¿qué busca o pretende?, pero en la calle se hacía imprescindible para permanecer en la escena. Su instinto les ayudó y optaron por dividirse, una pidió a Alan que se apartase un poco para hablar a solas y la otra se quedó charlando con el grupo para explicarles el porqué de su presencia allí y facilitar lo que pretendían. Tuvieron que emplearse a fondo en el arte de la empatía y la asertividad. Tras un buen rato en el parque y con el frío ya en el cuerpo, las educadoras tuvieron que retirarse sin conseguir que Alan voluntariamente se fuese con ellas. Aparentemente habían fracasado en su objetivo, así de primeras lo pensaron, pero quizás el esfuerzo de salir al paso no había sido en balde. Alan había verbalizado con una nueva sinceridad cómo se sentía y como veía su situación. Conocer a su grupo de iguales en la calle les ayudó a comprender mejor la influencia que tenían y la nueva imagen que Alan se estaba construyendo. Salir al paso también provocó que el equipo educativo se atreviese a compartir de una manera diferente sus emociones. Además, al día siguiente Alan regresó al centro de forma voluntaria, esta vez no tuvo que traerle la policía. Parecía que la “interrupción voluntaria” podía haber producido un efecto positivo y comenzaba una reorientación del caso.

Pero no fue así, Alan se había deteriorado en exceso, no era capaz de tener la voluntad suficiente para alejarse de las conductas de riesgo que le atrapaban cada vez que se frustraba y de nuevo se marchó. Esta vez el equipo educativo entendió que “salir al paso” consistía ahora en proponer un cambio de recurso, Alan necesitaba una medida de mayor contención, empezaba a estar en alto riesgo, la prioridad era trabajar en el ámbito institucional para acelerar este proceso. Mientras, cuando regresase se intentaría prepararle para el cambio, intentar rescatar lo positivo de lo vivido, pero evidenciando la necesidad de buscar una nueva respuesta. No iba a ser tarea fácil, este tipo de despedidas también forman parte del trabajo educativo, no todo son éxitos y alegrías, nos cuesta afrontarlas y vivirlas con la confianza de que son realmente importantes.

El caso de Alan puede hacernos reflexionar sobre la necesidad de no bajar los brazos y dar por finalizada la intervención antes de tiempo. Salir al paso no resulta fácil, además en muchas ocasiones no conseguiremos modificar la situación. Puede ser más natural tomarse un descanso o un respiro, dejarse llevar por el pesimismo, culpabilizarle o lamentarnos. Pero recordemos que como educadores y educadoras síempre podremos ir más allá, generando un dinamismo diferente que nos ofrezca nuevas oportunidades para mejorar y aprender.

NoloTarín, marzo 2022.

Soy Educador Social, Psicopedagogo y eterno estudiante, ahora Psicología. Educador de profesión y vocación, también de convicción. Amante de la montaña y del deporte.

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